Los círculos literarios

José Manuel Martínez Lechad me envió hace tiempo una cita de Para ser novelista, de John Gardner. ¿Qué opináis?

Sin duda es cierto que lo que salva al escritor la mitad de las veces es la locura que reina en su corrillo. Parte de quienes lo componen son necios: jóvenes inocentes que todavía no han pasado por la experiencia de valorar ninguna otra cosa que no sea escribir, y fanáticos que, tras haber sopesado otras posibilidades, han llegado a la conclusión de que escribir es lo único que merece la pena hacer con el cerebro. Otros son escritores natos: gente que valora otras actividades pero que no tiene deseos de hacer otra cosa que no sea escribir. (A la pregunta de por qué escribía ficción, Flannery OConnor respondió: «Porque lo hago bien.») En todo grupo de escritores hay algunos que están por esnobismo: escribir o simplemente tratarse con quienes escriben les hace sentirse superiores; otros están (a pesar de su tal vez escaso talento) porque creen que ser escritor es romántico. Sean cuales fueren las razones o razonamientos de cada uno de estos subgrupos, juntos forman un grupo que ayuda al joven escritor a olvidar sus dudas. Independientemente de la calidad del profesor, el joven escritor puede estar seguro de que todos los anteriormente mencionados, por no hablar de esos tres o cuatro químicos que asisten por gusto a las lecturas, prestarán mucha atención a lo que haga. El joven escritor escribe, se siente inseguro respecto a lo que ha hecho y recibe elogios o, como mínimo, críticas constructivas –o incluso destructivas, pero de gente que, al menos en apariencia, tiene el mismo interés en escribir que él–.

(English) Making the leap

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El niño al que se le murió el amigo

Ana María Matute (1925-2014)

Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:

-El amigo se murió.

-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.

El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.

-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.

Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

Ana María Matute, Los niños tontos (1956)

Laberintos

El poeta Jacques Roubaud afirma que un poeta es una rata que construye su propio laberinto para luego intentar hallar la salida. Mucho me temo que a menudo los poetas no construyen laberinto alguno. Construyen pasillos con las entradas y salidas bien señaladas, cruzan sus puertas lo más deprisa posible y suponen que así han conseguido algo. Mi consejo es: Piérdete. Construye un laberinto auténtico, un poema cuyo camino no esté claro. Tienes que estar dispuesto a vagar él, aun a riesgo de encontrarte al Minotauro. Así al menos, si fracasas, el estudioso que encuentre tus huesos se podrá preguntar ¿Murió de inanición o fue devorado?.

D.A. Powell, (Mis)Adventures in Poetry”, The Writer’s Notebook: Craft Essays

El gran cuaderno

Ágota Kristóf escribió en 1986 Le Grand Cahier (El gran cuaderno), una novela que, curiosamente, contiene entre sus páginas una descripción de su propio estilo.

La novela está ambientada en una guerra sin nombre y cuenta la historia de dos hermanos gemelos cuya madre los manda a vivir con su abuela para alejarlos del peligro. Los hermanos tienen que adaptarse a una vida más dura de lo acostumbrado, pero demuestran iniciativa adquiriendo un cuaderno y lápices y enseñándose a sí mismos ortografía, artimética y, lo que nos interesa a nosotros, redacción. Escriben sobre sus experiencias (las tareas del campo, el militar que ocupa una de las habitaciones…) y se corrigen el uno al otro.

Para decidir si está Bien o Mal usamos una regla muy simple: la redacción tiene que ser cierta. Debemos describir lo que hay, lo que vemos, lo que oímos, lo que hacemos.

Por ejemplo, está prohibido escribir Abuela es como una bruja; pero podemos escribir La gente llama a Abuela «la Bruja».

Está prohibido escribir El Pueblo es bonito, porque El Pueblo puede ser bonito para nosotros y feo para otra persona.

Del mismo modo, si escribimos El ordenanza es amable no estamos escribiendo una verdad, porque el ordenanza podría ser capaz de cosas terribles de las que nosotros nada sabemos. Por eso escribimos simplemente El ordenanza nos ha dado mantas.

Escribimos Comemos muchas nueces y no Adoramos las nueces, porque la palabra adorar no es fiable, carece de precisión y objetividad. Adorar las nueces y adorar a Madre no significan lo mismo. La primera expresión designa un sabor agradable en la boca, la segunda, un sentimiento. Las palabras que describen sentimientos son imprecisas. Es mejor evitarlas y ceñirse a la descripción de objetos, personas y uno mismo, es decir, a la descripción fiel de los hechos.

Ágota Kristóf, Le Grand Cahier (El gran cuaderno)

Decoración de interiores

Estos días me he cruzado una cita atribuida a Ernest Hemingway que, a pesar del silencio reciente, no podía dejar de compartir:

“La prosa es arquitectura, no decoración de interiores.”

Fuente: LitReactor

Habita en tu interior una energía que se traduce en acción. Como solo va a vivir una persona como tú en toda la eternidad, la expresión de esta fuerza vital es única; y si la bloqueas, no existirá jamás en forma alguna y se perderá. El mundo se quedará sin ella. No te concierne a ti juzgar si es buena, valiosa o comparable a otras. Tu única tarea es conservarla limpia y tuya, y dejar el cauce abierto.

Martha Graham