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Cerca de la laguna

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Cerca de la laguna

Notapor Raul Buñuel el 12 Feb 2010, 11:49

El Dr Casotto, poco a poco, va despertando. Como si ascendiese despacio desde una

oscuridad abisal. Y toma conciencia, primero, del dolor. De que, aunque lo intente, no consigue

abrir los ojos. Toma conciencia de los sonidos que lo envuelven, lejanos, como de otro mundo. No

consigue hablar ni, mucho menos, gritar. Toma conciencia del tacto de una mano sobre la suya.

Y recuerda. Recuerda un baño, el de su casa. Recuerda haber tosido, y vomitado y haberse

desplomado de camino al teléfono del comedor. No recuerda nada más.

Hace un esfuerzo inmenso y abre los ojos, primero una rendija por donde solo se filtran imágenes

neblinosas. Después un poco más. Y un poco más hasta que consigue ver dónde está. Sonríe,

aunque tan levemente que nadie se ha dado cuenta. Sonríe porque reconoce el lugar. ¿Cómo podría

no hacerlo? Ha trabajado allí casi treinta años.

-¡Carlos ha abierto los ojos! -grita Catalina, la enfermera.

Bueno, piensa, ya es suficiente por ahora. Deja que los párpados caigan de nuevo, y que su

conciencia regrese a la oscuridad. Lo único que nota ya es esa mano que le acaricia.

Unos minutos más tarde, una voz firme le llama, “Carlos”. Abre los ojos, esta

vez más fácilmente. Reconoce al Dr. Millà. Detrás suyo, como escondiéndose, está Catalina,

que lleva en la mano un vasito de plástico con unas pocas flores amarillas. No importa en qué

época del año se encuentren, que ella siempre trae flores. Aunque, como es el caso, sean las

vulgares flors d'avellana, que todavía invaden toda Menorca.

-¿Carlos?... ¿Sabes dónde estás? -le pregunta el Dr. Millá-, ¿sabes lo que te ha pasado?

Sí. Sí lo sabe. Demasiado bien. Vuelve a sonreír. Esta vez de forma perceptible. Carlos Casotto

se ha dado cuenta de cuál es la cama en la que le han puesto, y no se le escapa la ironía. Es la cama

en que, hace un año, murió aquel paciente. No consigue recordar cuál era su nombre. Cierra los ojos

de nuevo. Recuerda el de su hija, Judith Zumaya. ¡Eso es! El señor Pedro Zumaya.

La primera vez que lo vio fue la mañana del 22 de febrero de 1981, hace casi un año. Se acuerda de


la fecha exacta porqué fue su cumpleaños. Y, claro está, por las circunstancias que iban a

conmocionar el país al día siguiente.

Había estado en su despacho casi una hora, dándole vueltas al sobre cerrado que le había hecho

llegar Ernesto, el Dr. Millà, con los resultados de sus últimos análisis. Finalmente, lo arrojó, intacto,

a la bandeja de tareas pendientes. Estaba a punto de levantarse, cabreado consigo mismo, cuando

entró Catalina Seguí, la enfermera más veterana de la planta. Un paquete marrón y grande en una

mano, y un vasito de plástico con flores en la otra.

-¿Has abierto el sobre, Carlos? –le interrogó colocando las flores sobre el alfeizar.

-¿Qué sobre?

-El que te ha mandado Ernesto.

-Ah, ese. No, todavía no.

-Pues ábrelo ahora, ¿no?

-¿Qué es ese paquete? -Preguntó Carlos, contento de poder esquivar el tema.

Catalina consintió, con una mueca resabiada, y dejó el paquete sobre la mesa.

-Por cierto, ¿no te vas a casa todavía? -preguntó la enfermera.

No, voy a encadenar dos guardias.

-¿Estás mal de la cabeza? ¿Cuánto hace que no duermes?

Carlos hizo un gesto que no significaba nada, cogió el paquete y leyó el remite.

–Te lo manda Sofía -Informó Catalina, como de pasada.

–Ya lo veo.

– ¿La vas a llamar? -El Dr. Casotto miró con dureza a su enfermera. Si hubiera sido cualquier otro

miembro de su equipo, esa mirada hubiera sobrado para que este desapareciera de inmediato. Con

ella, eso nunca funcionaba- ¿Sí o no, Carlos?

-No creo.

-Mmmmh. -Gruñó-. ¿Pero vas a abrirlo? -Dijo mirando el paquete.

Carlos obedeció. Se daba cuenta de que utilizaba con él el mismo tono que no admitía replica que

solía reservar para los pacientes más conflictivos. Dentro del paquete había un

álbum fotográfico. Abrió la primera página. Eran las fotos que habían hecho, Sofía y él, cuando

estuvieron en Irlanda hacia dos años. Nunca las habían revelado porque, al poco de volver, él

decidió romper la relación. Medio año después, ella se mudo a Barcelona con una pareja, Mercè y

Saul, amigos suyos de la facultad. Su apartamento del Raval, recordaba Carlos, estaba literalmente

empapelado con fotos del Che. Abrió un cajón y guardó el álbum.

-¿Vas a llamarla o no? -Catalina continuaba allí de pie, inquebrantable.

-No creo.

La enfermera dio media vuelta y salió por la puerta.

-Por cierto, -Dijo antes de dar un portazo- feliz aniversario. ¿Cuántos son?

La muy... 65, eran 65. Y ella lo sabía de sobras. Además, 65 muy mal llevados.

Se palpó el estomago, con el que había andado a vueltas toda la noche y todo el día anterior. Este

resonó vagamente. Sacó el álbum del cajón y lo abrió al azar. Observó las fotos. Sobre todas, le

llamó la atención una en la que salían los dos abrazados, un prado verde de tréboles al fondo. Él

tenía los ojos cerrados y ella, la mirada triste. El estómago volvió a rugir.

Catalina abrió la puerta sin llamar y le informó de un nuevo ingreso. El Dr. Casotto salió tras ella

dejando el álbum abierto sobre la mesa.

“Varón de mediana edad. Múltiples traumatismos por accidente de tráfico. Pronóstico grave”. Y tan

grave, pensó Carlos. Lo que no comprendía era cómo ese hombre, estando como estaba, no había

pasado ya a mejor vida.

-¿Cómo se llama?

La enfermera que tenía la historia clínica contestó.

-Pedro Zumaya.

-¿Responde a estímulos?

-De momento, no.

-¿Familia?

-Sólo una hija. Se llama Judith. Pero, por lo visto, se niega a verle. La he visto en la calle.

En ese momento, una mueca de sufrimiento apareció en el rostro del señor Zumaya. Tenía los

dientes muy apretados y, en el cuello, todos los tendones tensos. El Dr. Casotto se dio cuenta y

ordenó 2 mg de morfina que le fueron administrados inmediatamente. El paciente se relajó al

instante, pero comenzó a mover los labios como si quisiera hablar. El Doctor acercó el oído pero no

escuchó más que un leve sonido gutural: “ooaa” o “goga”, o algo parecido.


-Avísame si hay algún cambio -le pidió a Catalina. El estomago, en esta ocasión, atronó

notoriamente-. Yo estaré en el baño.

Cerca estuvo de no llegar al Water. Al levantarse notó un extraño mareo, y fue al lavabo a

refrescarse la cara. Poco a poco, notó que le volvía el ánimo. Se miró al espejo. Todo él tenía un

leve tono amarillento. Los dientes por la nicotina y la piel por la enfermedad. “Qué jodido estás,

Carlitos”. Vio un rostro nudoso y hundido, que enmarcaba unos ojos mucho más viejos que él.

Se inclinó para enjuagarse la cara de nuevo y, al incorporarse, le dio un vuelco el corazón.

Subiendo por el espejo, frente a su cara, había un ciempiés de un palmo de largo. Cogió uno de sus

zuecos y le golpeó con tal rabia que rompió el cristal. Miró la suela pero estaba limpia, ni rastro del

bicho. “Mierda” pensó, “ya estamos”.

Fue directo a su despacho y marcó la extensión de la línea privada del Dr. Millà.

-Aquí el Dr. Millà. ¿Qué desea?

-Soy Carlos.

-Dime.

-Creo que estoy teniendo alucinaciones.

-Vaya... -hubo unos segundos de silencio- ¿hace cuanto que no duermes?

-Hará... -consulto su reloj- 40 horas, más o menos.

-Pues ahí lo tienes. ¿Y la digestión?

-Mal.

-¿Como de mal?

-Muy mal. Llevo sin digerir nada dos días, en realidad, acabo de echar las asaduras.

-Entiendo... Ayuno y privación del sueño. Diría que has tenido una experiencia mística.

-Ernesto, no me jodas.

-No lo hago, Carlos. Pero, ablando en serio ¿Si te pidiera que te fueras a dormir, lo harías?

-Claro que sí. Pero, ahora mismo, estoy tapado de trabajo.

-Ya -Por un momento, parecía que iba a despedirse, pero añadió-: ¿Has ido a ver al sacristán?

-Por Dios, ya estamos otra vez. Sabes que no me van esos cuentos.

Hubo un prolongado silencio al otro lado de la línea. El Dr. Casotto, con cierto

remordimiento, se imaginó al otro santiguarse y besar el crucifijo de oro que llevaba al cuello.

-Escucha Ernesto, sé que lo haces con toda tu buena intención, pero, porque vaya a palmar, no

pienso bajarme los calzones. Tu y yo sabemos como se las gastan algunos cuando ven que se acerca

el momento -estuvo a punto de decir “de pasar cuentas con el creador”, pero, en el último momento,

pensó que un referencia pagana cabrearía más al otro- de cruzar la laguna Estigia. Hemos visto

ateos redomados agarrar con fervor la sotana del sacristán implorando confesión. O crápulas

impenitentes llamando a una familia que habían ignorado durante años. Todo por no morir solos.

-Por lo tanto, tu idea es morir ateo y crápula, como tú dices -respondió el Dr. Millà, al que se le

notaba el tono algo picado-. Sin esperanza y solo.

-No, Ernesto, amigo mio, la idea es encontrar la entereza para no traicionarme a mí mismo.

-Muy bien. -El Dr. Millà, que veía que la conversación tomaba los derroteros habituales, decidió

acabarla-. Te dejo que tengo que hacer. Llama si necesitas algo.

Colgaron. El resto de la mañana transcurrió sin incidentes. Y, como el estomago no le dio

demasiada guerra, al llegar la hora de almorzar, se abrigó y bajó a la calle dispuesto a comer algo

ligero en el bar de enfrente.

Llovía, así que se subió el cuello de la gabardina y se preparó para bajar la escalinata y cruzar la

calle corriendo. Pero, de repente, algo llamó su atención. Se detuvo bajo el arco de la puerta. Una

chica estaba sentada sobre una Vespa color butano y con manchas de óxido. Su única protección

contra la lluvia era un pequeño paraguas y un jersey de lana verde. Tenía la mirada tierna y en su

rostro, dibujado de suaves curvas, solamente desentonaba una nariz, tal vez, demasiado grande y

puntiaguda. Aunque, si lo pensaba mejor, la verdad es que le daba cierta personalidad. La chica, al

verse observaba, se revolvió incomoda. El Dr. Casotto se le acercó.

-¿Judith, Judith Zumaya?

Ella pareció azorada. Asintió con la cabeza.

-Soy el Dr. Casotto. Atiendo a tu padre.

-¡Dios mío! -Ella, sin darse cuenta, le agarró de la solapa-. ¿Cómo está?

Dudó un segundo entre si decirle o no la verdad. Pero ella interpretó esa vacilación como lo que

realmente era, mala señal. Y se le ensombreció la mirada. “Vaya, Una chica lista”. La lluvia

arreciaba así que él le propuso continuar charlando en el bar.

Entraron y, después de pedirle al dueño un par de toallas, eligió la mesa más cercana a la

calefacción. Encargó un café con leche caliente para Judith y, para él, tostadas con aceite y sal, y

una manzanilla.

Se sentó frente a ella y esperó a que trajeran la comanda ofreciéndole una conversación

intrascendente sobre el mal tiempo y que “había que ver, es maldita tramontana como estaba

pegando”. Pero ella, lejos de calmarse como él pretendía, parecía cada vez más incómoda. No

paraba de mover las piernas bajo la mesa ni de echar miradas furtivas en dirección al hospital.

Conque el doctor acabó por decidirse a abordar el tema.

-Judith, siento decirte que tu papá está muy, muy mal. De hecho, nos sorprende que esté todavía con

vida.

Ella lo miró como si acabara de clavarle un tenedor por debajo de la mesa. “¡Joder! ¿35 años en este

trabajo y todavía no sé cómo decir estas cosas?”. Deseó que Catalina estuviera allí, ella tenía un don

para manejar ese tipo de situaciones.

Judith, con los ojos inundados en lágrimas, bajó la mirada y se dedicó a observar con atención las

formas que creaba la espuma de su café al chocar con la cucharilla. Él no se atrevió a decir nada

más. Además, comenzaba a notarse, de nuevo, algo mareado. No era el mejor momento, se dijo,

para empezar a ver insectos fantasmales. De repente, ella, en tono de confesión, dijo:

-He matado a mi padre. Yo, le he matado. Yo…

No consiguió acabar la frase pues le sobrevino, de repente, la respiración entrecortada que precede

al llanto. El doctor Casotto intuyó, con creciente terror, que no iba a ser un llanto contenido, sino

uno de verdad. Y así fue. Se acababan de abrir las compuertas.

-Tranquila, Judith. –Dijo, acercando su silla a la de ella- Por favor, calmate.

A ella le costó un poco. Pero, cuando por fin lo hizo, comenzó a relatarle lo sucedido:

-Mi padre es una persona muy recta, señor. Muy estricta, quiero decir. Me protege mucho ¿sabe?

El otro día cumplí 18 años y le pregunté si me dejaba celebrar una pequeña fiesta, solo las amigas

más íntimas, en la casita que tenemos en “Es Grau”. Cuando dijo que sí no me lo podía creer. Me

hizo prometer que no ensuciaríamos y que nos iríamos a la cama pronto, él regresaría a las

ocho de la mañana para recogernos.

“Pero a una amiga mía no se le ocurrió otra cosa que robar una botella de gin del mueble-bar de

su padre y llevarla a escondidas a la fiesta. Y no solo eso, además, a mis espaldas, invitó a Marcos

y a sus amigos. Marcos, eso no se lo he dicho doctor, es un chico que me gustaba. Bien,

pues a mí eso no me pareció nada bien, se lo juro. Pero, maldita sea, me dejé convencer. Y en

mala hora, porque, yo no sé lo que pasó, pero bebí más de la cuenta. Yo no suelo beber nunca.

Bueno, la cuestión es que papá llego a las ocho en punto y nos encontró, a Marcos y a mí,

durmiendo en la cama de matrimonio. No quiera saber cómo se puso, doctor, ni lo que me llamo.

Después, dio media vuelta y se marchó. Dijo que ya nos apañaríamos... Yo no supe que había

tenido el accidente hasta que ustedes no me llamaron a casa”

El doctor hacia esfuerzos para estar atento a lo que ella decía, pero notaba que su

malestar iba en aumento. Así que, cuando Judith se disculpó y se fue al baño a enjuagarse las

lágrimas, él dio gracias al cielo. Se tiró para atrás en la silla, cerró los ojos y se los frotó con

fuerza. La cabeza le daba vueltas.

El Dr. Carlos Casotto pensó que se le paraba el corazón cuando, al abrir los ojos de nuevo, vio,

en frente suyo, con el camisón y todo, al señor Pedro Zumaya. Este gritaba con todas sus fuerzas.

Pero, de su boca, no brotaba sonido alguno. Era como si le hubieran quitado el volumen a un

televisor. Después, poco a poco, comenzó a escuchar. Primero, un balbuceo lejano: “Oooaaa”, lo

mismo que por la mañana. Y, después, cada vez con mayor claridad. Hasta que pudo escuchar esas

dos silabas: “No-na”. La mano de Judith sobre su hombro le sacó del trance.

En ese punto, recuerda ahora el Dr. Casotto, todo se precipitó. Recuerda como le

contó a Judith Zumaya que su padre, al ser ingresado por la mañana, había dicho aquello. La cara

de asombro de ella. Lo difícil que fue seguirla cuando empezó a correr por el hospital. El cabreo

monumental que llevaba Catalina cuando, al llegar él a la planta, le informó de que había entrado

en la habitación del señor Zumaya, fuera de horas de visita, una “niña histérica que no atendía a

razones”. Y, sobre todo, el alivio que se adivinaba en el rostro del señor Zumaya cuando su hija le

acariciaba la frente y le decía cuánto lo sentía, que no se iría más y que su niña, “Nona”, estaba

allí. Unos minutos más tarde, Pedro Zumaya falleció.

Esa noche, el Dr. Casotto llegó a su casa, se desplomó sobre la cama sin quitarse siquiera

la gabardina y se durmió profundamente. Despertó a media mañana del 23 de febrero. Pero se

quedó ahí, tumbado boca arriba, hasta bien entrada la tarde. Cuando se levantó había tomado la

firme determinación de telefonear a Sofía. Después de cenar, marcó el número de casa de

Mercè y Saul, pero nadie contestó. Siguió intentándolo pero jamás hubo respuesta. Ni a la mañana

siguiente. Ni una semana después. Ni a la otra. Casi un mes más tarde se enteró de que, debido al

intento de golpe de estado y temiendo que este prosperase, Mercè y Saul huyeron a Londres. Y,

probablemente, Sofía les había acompañado. Intentó contactar con familiares de ella, amigos

comunes, compañeros de trabajo, pero nadie supo de su paradero. Al final, se rindió. Y, ahora, se

arrepiente de haberlo hecho, de no haber persistido hasta encontrarla.

Carlos Casotto vuelve a abrir los ojos. La planta está en silencio y a oscuras, debe haber

anochecido. Ernesto y Catalina se han marchado. No siente ningún dolor, posiblemente está

colocado de morfina. Se mira la mano, ya nadie la sostiene. Fuera quien fuera, se ha marchado. El

viento del norte y la lluvia golpean los cristales de la ventana que da al puerto. Y, sobre el alfeizar,

en el vasito de plástico, las flors d'avellana se inclinan hacia abajo, derrotadas por su

propio peso.
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Raul Buñuel
 
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