Skip to content

Erótico

Escribí Reformas en el Dormitorio para un “concurso de relatos erótico-pornográficos”, intentando que fuese lo más sexualmente variado posible. En el último minuto me acordé de otro relato, Pelillos al amar, escrito un par de años antes y que, sin ser exactamente erótico, sí tiene un fuerte componente sexual. Presenté ambos al certamen y la organización los premió conjuntamente y los publicó junto a otros ganadores en un volumen de la peculiar Ediciones Patxi. Aquí se presentan por primera vez en formato electrónico. ¡Solo para adultos!

Reformas en el dormitorio

Hacer obra es insoportable. La casa se te llena de polvo y de gente extraña, tus cosas se apilan en cajas cubiertas por sábanas sucias y tienes que repartir tu tiempo libre entre discutir calidades y regatear presupuestos.

Así era mi vida hace unos meses, cuando la ampliación de las habitaciones era lo único que ocupaba mi mente y la de mi mujer. Por aquel entonces, las cosas eran bien distintas: todos mis alumnos me consideraban un tipo mediocre y aburrido, las noches de sábado estaban destinadas al cumplimiento de cenas de compromiso, y mi mujer aún no sabía nada de mi afición por las pollas.

Y en realidad, todo empezó durante la reforma. El sexo con mi esposa no era aburrido en absoluto; quizá un tanto rutinario en su frecuencia de fines de semana, pero bastante intenso llegado el momento. Aún nos gustaba besarnos, y yo solía lubricarla con la lengua antes de penetrar. A ella le gustaba chupármela e incluso, a veces, le gustaba que me corriera en su cara. Todo era bastante sano.

Sin embargo, con las obras, follar se había puesto imposible. Habíamos movido los tabiques de prácticamente toda la casa, deshaciéndonos de dormitorios innecesarios para ampliar el nuestro, los baños y el salón. De paso, se habían cambiado suelos, puertas y ventanas: la casa estaba inhabitable. Durante semanas dependí de taxis para desplazarme entre el instituto donde doy clases, la casa en obras y el hotel donde dormíamos. Cuando llegaba la hora de acostarse, estábamos tan agotados que nos dormíamos inmediatamente.

Así, el sexo pasó a convertirse en una actividad prácticamente filosófica. Por las noches, en aquellas ocasiones en que nos permitíamos el lujo de pedir algún capricho al servicio de habitaciones, me acostumbré a hacerlo mientras mi esposa se duchaba, para poder recrearme la vista en la camarera de turno. Curiosamente, rara vez se repetían: hoy una jovencita argentina de anchas caderas, mañana una andaluza pechugona con melena despampanante. De improviso, una noche de jueves, quien nos subió la cena fue un joven de metro noventa cuyos músculos de entrenador deportivo apenas cabían en el uniforme. Sólo cuando la puerta se cerró sobre su prieto trasero fui consciente de haberle observado fijamente durante todo el proceso: sus enormes manos que empujaban el carrito con suave firmeza; el paquete que se abultaba entre sus muslos cuando se agachó a mostrarme el contenido de las bandejas; los bíceps que se apretaban por unos segundos al descorchar el vino; la pícara sonrisa de vicioso que me lanzó, casi un guiño fugaz, al recoger la propina.

La argentina repitió al día siguiente, pero al otro nos sirvió un jovencito tímido y remilgado con gafitas de informático; después un rubio aniñado y más tarde un chico moreno y mal encarado que resultaba particularmente morboso. El desfile era incesante y pocas veces decepcionaba, pero siempre se quedaba en eso, un estímulo visual totalmente insatisfecho.

A partir de ahí, me descubrí adquiriendo nuevas e inesperadas costumbres. En el ascensor, donde me cruzaba diariamente con los botones del hotel, no podía evitar observar sus brazos, ampliamente ejercitados por el trasiego cotidiano de maletas. El canal porno del hotel también aportó algunas sorpresas, cuando me descubría masturbándome prestándole tanta atención a las pollas de los actores como a las tetas de las actrices, que habían sido hasta entonces mi único fetiche.

En la obra me ocurría algo parecido. La mayoría de los operarios eran inmigrantes mulatos de cuerpos, si no esculturales, al menos sí bien formados por el trabajo. Sin embargo, el que conseguía hipnotizarme con su sola presencia era un albañil de más de dos metros cuyos bíceps eran más gruesos que mis muslos. Nunca había sentido particular atracción por las personas de color, pero aquel negrazo, con su rostro grave y su desconocimiento del idioma, me despertaba un morbo que no era capaz de explicar. Su indumentaria no me ayudaba a apartar la mirada: frente al mono de trabajo de la mayoría de sus colegas, Monte prefería vestir un peto vaquero sobre su torso desnudo. Los compañeros le llamaban así, Monte, en parte porque sonaba parecido a su nombre africano y en parte porque era un nombre perfecto para alguien de su tamaño. Incluso su casco azul parecía quedarle pequeño: todo en él era grande, el cráneo rasurado, los brazos, la espalda de armario empotrado, todo. Al menos, todo lo era también en mis sueños onanistas.

Finalmente me lancé: localicé un bar de ambiente con cuarto oscuro. Tenía que probar por mí mismo una de aquellas pollas de las películas porno. La primera noche fue sin duda la mejor, en parte por la novedad supongo, pero también por los resultados: mientras un tío de suaves mejillas me lamía el ano con intensa dedicación, me sorprendió sentir en la oscuridad que otros labios se cerraban alrededor de mi polla, deslizándose inmediatamente a lo largo de sus diecinueve centímetros hasta que la nariz del mamón desconocido tropezó contra mi ombligo. Una electricidad totalmente nueva me recorrió la espalda, haciéndome vibrar con un escalofrío incandescente como nunca había experimentado.

Disfruté de la doble succión cuanto fui capaz, pero pasados unos segundos no pude resistirme y me clavé de rodillas en el suelo. Mis misteriosos compañeros reaccionaron como esperaba, incorporándose y acercándose a mí, uno por cada costado. En seguida tuve mi primera polla en la boca, un grueso cilindro de carne cálida y firme que no quería dejar escapar, y que sin embargo abandoné de inmediato para probar el sabor de la otra, que resultó no ser tan gruesa pero sí más larga. Me quemaba los labios y me tropezaba contra el paladar, pero una vez que empecé ya no pude parar. Alternaba entre un lado y el otro, chupando una mientras acariciaba la otra, disfrutando del tacto caliente, de los jadeos, del olor del sudor y el sexo. Cuando las caderas del propietario de la polla más gruesa empezaron a bombear con fuerza contra mi boca supe que se iba a correr y abrí la garganta dispuesto a tragármelo todo. Sus jadeos debieron excitar también al otro, que se masturbaba contra mi sien, y cuando el primer golpe de leche me llenó la boca, otro me cruzó la cara de mejilla a mejilla por encima de la nariz. Automáticamente empecé a correrme también, la leche cubriéndome la lengua, la boca, los labios, la cara, el cuello, la mano, la polla. Cuando uno de ellos se agachó para lamerme la leche de la cara y el otro para lamer la de mi polla, estuve a punto de caer inconsciente de puro placer.

Sin embargo, las siguientes ocasiones no fueron tan salvajes: un par de visitas, una mamada por vez y poco más. Me quedé con las ganas de follarme un culo pero eso fue todo. No podía permitirme demasiadas escapadas: era difícil despistar a mi mujer y de todas formas la obra me tenía agotado. Iba pasando el tiempo y las reformas estaban llegando a su fin. Mi esposa le amplió el horario a nuestra asistenta dominicana para poner al día la limpieza y poder recuperar cuanto antes nuestro dormitorio. Poco a poco desaparecieron los fontaneros, los electricistas y los albañiles, y con ellos mi negrazo, Monte, en cuyo honor aún me la cascaba algunas noches.

En esas mismas fechas se proclamó una huelga de estudiantes, por lo que aquel lunes regresé a casa antes de lo habitual. Me acompañaba David, uno de mis alumnos de último curso. Me alcanzaba en estatura y era uno de esos escasos adolescentes con quienes puedes mantener una conversación. Le invité a entrar para prestarle un libro del que veníamos hablando.

– Espero encontrarlo –comenté, disculpándome por el desorden–. No sé si Yasmina habrá ordenado ya la biblioteca.

– ¿Yasmina es su esposa? –preguntó el joven, con la formalidad de quien se siente incómodo.

Le expliqué que Yasmina era la sirvienta. En la biblioteca, los muebles seguían tapados con sábanas y los estantes sólo albergaban capas de polvo. Nos dirigimos al dormitorio, donde aún quedaban algunas cajas. No estaba seguro de encontrar a mi mujer en casa, pero desde el pasillo escuché su voz, y me alegré de poder presentársela a David. Para no sorprenderla en mal momento, me asomé despacio a la puerta entreabierta del dormitorio, pero el sorprendido fui yo, al descubrirla sentada desnuda en la cama y con una expresión de lujuria en el rostro. Miraba a un punto a mi derecha, donde la puerta no me permitía ver. A su espalda, bajo la ventana, se apilaban las cajas donde debía estar el libro que buscaba, y sobre ellas descubrí el brillo sucio de un casco azul.

– Monte… –susurré casi sin darme cuenta. Por un momento debí sonreír, pensando en la escena que vería a continuación, hasta que recordé, tarde, que no había venido solo. David ya asomaba por encima de mi hombro.

– Su esposa tiene unas tetas… –musitó, pero el extraño cumplido se le quedó a medias, boquiabierto frente a la que aparentemente era la primera mujer desnuda que veía en su vida–. De escándalo –terminó al fin–. ¿Quién es esa? –añadió de repente.

Acercándose por fin a la cama, y entrando en ángulo de visión, venía una piel morena, pero supe en seguida que no era la de mi negrazo, no tenía ese color ébano, sino otro más bien chocolate con leche. Yasmina se agachó entre las piernas de mi mujer, quien las abrió lentamente para recibir su lengua. También estaba totalmente desnuda. Mi esposa arqueó el cuello hacia atrás, y sus tetas se acomodaron como dos orondas turistas que tomasen el sol. Desde donde estábamos podíamos oír sus gemidos.

David se apretaba contra mí para ver mejor. Su cadera estaba pegada a la mía, y podía sentir su pecho cada vez con más fuerza contra mi espalda. Hice un esfuerzo de memoria. ¿Estaba seguro de que tenía dieciocho años? Tan atento estaba que me abrazó la cintura para no perder el equilibrio. Intenté recordar su ficha, el año de nacimiento, pero no podía concentrarme: su respiración me acariciaba el lóbulo de la oreja. Mientras tanto, Yasmina se había incorporado y se acercaba a la cama con lentos pasos sensuales, para finalmente ponerse de pie sobre el filo, a horcajadas. Ahora era mi mujer quien la penetraba con la lengua, sujetando sus cachetes con las palmas de las manos bien abiertas.

– Depilada… –susurraba David como entre sueños. Su respiración se había sincronizado con la de mi esposa.

Eran dieciocho sin duda: uno de los mayores del último curso. También debían ser al menos dieciocho entre sus piernas: su polla se apretaba contra mi culo, aunque seguramente él ni siquiera fuese consciente de los suaves movimientos circulares que estaba realizando con las caderas. Sentí cómo la punta de mi propio glande, en una suave curva creciente, acabó por escaparse de la costura del slip. El roce entre la áspera tela del pantalón y el suave vello de mi muslo acabó por completar la erección.

Mi esposa se había recostado. Las dos mujeres se dedicaban ahora a un intenso sesenta y nueve. En esta nueva posición, Yasmina nos ofrecía una perfecta panorámica de su ano depilado. Conforme se arqueaba para hundir con más fuerza su lengua en el sexo de mi mujer, sus glúteos morenos se abrían en una invitación generosa e irresistible que me recordaba a las bocas oscuras, a los culos prohibidos y al morenazo de mis fantasías. Si Monte apareciera en aquel instante las poseería a ambas, soñé, como yo deseaba poseerlo a él. En dos zancadas, sin pensarlo, alcancé el casco azul, me lo puse, y desabrochando apenas el pantalón apreté mi polla contra el culo de la sirvienta.

Al principio sólo entró la punta, que volvió a escaparse con igual rapidez. Pero inmediatamente percibí un movimiento consciente de los esfínteres que se relajaban, abriendo un pozo de placer que no tardé en ocupar. Esta vez, mi verga se deslizó como por un tobogán de suave chocolate caliente. Mis pelotas comenzaron a rebotar contra la frente de mi mujer mientras los jadeos de Yasmina, cada vez más intensos, se ahogaban en su coño.

Cuando volví a mirar, David había abierto la puerta de par en par y se masturbaba apoyado en el quicio. Tenía los pantalones en los tobillos y se había desabotonado la camisa, dejando entrever unos marcados abdominales que no habría imaginado en un chico estudioso como él. De repente, una enorme mano negra se apoyó sobre su pecho, y Monte se abrió paso en el dormitorio al tiempo que desabrochaba los tirantes de su peto. De un salto se subió a la cama, clavó una bota a cada lado de las mujeres y dejó caer frente a mis narices un miembro del tamaño de mi antebrazo.

– Esto es lo que he venido a buscar –dijo, y agarrando el casco entre sus dos manos, me empujó la cabeza contra su polla con una fuerza innecesaria, porque yo ya me estaba lanzando sobre ella con la misma avidez. Acogí aquel pollón entre mis mandíbulas con una facilidad inesperada, y sin soltarme la cabeza, me folló la boca una y otra y otra vez.

Yo salivaba a espuertas, y mis jugos chorreaban sobre la espalda de la criada, a quien seguía follando mecánicamente sin poder parar. Ella aprovechaba mis impulsos para lamer aún con más fuerzas, y pronto los gritos de las mujeres habrían alertado a todo un ejército de pintores si no los estuvieran ahogando en sus propios coños. David se había apostado al pie de la cama y se la seguía meneando junto a nosotros cada vez con más fuerza hasta que con un único jadeo estentóreo lanzó un gran chorro de semen que trazó un arco en el aire y fue a caer sobre la espalda de la mulata. Al ver aquello no pude resistirme a abandonar por un instante la polla que me ahogaba para chupar toda la leche de aquella suave piel. Al inclinarme sobre Yasmina para lamerla, me liberé sin querer la polla, y empecé a correrme sobre su culo, su coño y la lengua de mi mujer, que me acariciaba la punta. Arqueé la espalda de placer, y en aquel instante el negrazo, sonriéndome, me soltó sobre la cara toda su carga, una leche dulce y abundante, un chorro tras otro, como si nunca fuese a acabarse, hasta cubrirme como a una tarta de cumpleaños.

Los cinco caímos exhaustos en la cama sin cruzar palabra. Después, en una especie de borrachera hormonal, nos quedamos tonteando algunas horas. Recuerdo haber lamido palmo a palmo cada centímetro del cuerpo de Monte. Recuerdo a David besando a mi mujer, a la criada chupándome, a Monte recibiendo mi leche sobre su cráneo desnudo…

Después de aquel día, las cosas cambiaron mucho en aquella casa. Volvimos a traer albañiles (aunque en esta ocasión los seleccionamos personalmente) y deshicimos parte de la obra hecha. Queríamos disponer de habitaciones para invitados. Sin embargo, no abandonamos la casa durante la reforma, para así mantener “un contacto más directo” con los trabajadores. Por supuesto, habilitamos también habitaciones para el servicio. Y por primera vez en años, comencé a tener una buena, muy buena relación, con algunos de mis alumnos.

Pelillos al amar

Sus labios se deslizaron colina abajo por la piel del extranjero. Él tembló un instante y dijo lo haces muy bien. A ella no le gustaba que hablaran, así que no dijo nada. Se limitó a seguir paseando su lengua por los muslos velludos de aquel desconocido. Luego se detuvo un momento para apartarse de la lengua uno de aquellos vellos largos y encrespados. Pelillos al amar, pensó irónica, pero el extranjero no pudo ver su sonrisa porque, mientras tanto, se había tumbado sobre la cama ya deshecha.

Pelillos al amar, pensó, y sintió que la invadía una extraña nostalgia mientras comenzaba a chupar aquel sexo que, de tan grande, resultaba desagradable. El extranjero jadeó un poco y dijo algo que ella no entendió, probablemente en una lengua extranjera.

En una ocasión, un hombre joven –más joven que el que ahora se acariciaba, desnudo, sobre su cama, y la sujetaba por la nuca– le había dicho que la quería. Pero ella no estaba escuchando. Cuando pudo darse cuenta él ya se había marchado. Comoquiera que nunca volvió a verle, supo que había mentido. Sin embargo, le hubiera gustado disfrutar de aquel momento, siquiera aquel instante de feliz espejismo. Pero ella nunca escuchaba cuando ellos hablaban, porque no le gustaba que ellos hablaran. No le gustaba que la llamaran nena ni zorra, ni que le dieran órdenes sigue, nena; más rápido, vamos; haz esto, nena, ahora haz aquello. Probablemente ninguno le preguntó jamás su nombre. Y si alguien lo hizo, ella no estaba escuchando.

El extranjero sacó el sexo de su boca y la ayudó a incorporarse. Después la acostó en la cama y se tumbó lentamente sobre ella. Dijo algo pero ella estaba pensando. Pensó que probablemente le dolería, que era demasiado grande para que no le doliera. Pero no le dolió, quizá porque él había lubricado con la boca antes de penetrar, o quizá porque estaba distraída pensando en otra cosa. Estaba pensando en sus ojos. Los ojos del extranjero eran claros y limpios, de un azul intenso, pero la observaban con una mirada turbia que no sabía interpretar. Tal vez no había nada más detrás de sus ojos claros; o quizá estaba concentrado en tener cuidado para no hacerle daño, o quizá estaba pensando en la mujer frente a quien, esta noche, ella no sería más que un sucedáneo.

El extranjero volvió a decir algo. Era la segunda vez que lo repetía, así que pensó que debía escuchar. Prestó atención. Él no dijo nada en un rato, pero luego dijo por tercera vez te quiero nena. Y eyaculó sobre el vientre de ella, que pensó que aquel amor había sido quizá el más breve posible.

El extranjero se dejó caer a un lado y respiró pesadamente. Ella aprovechó para airear su cuerpo sudado, y sacó de un cajón unos pañuelos de papel. Pensó en el dinero, si él pagaría sin rechistar o sería de los que la hacían perder veinte minutos discutiendo si se había ganado o no los malditos billetes.

Te quiero, nenita, oyó a su espalda, y un brazo velludo y sudoroso le rodeó la cintura. Ella se volvió y miró al extranjero a los ojos.

–Me gustas mucho, nena. ¿Crees que un tipo como yo podría salir con una zorrita como tú? –pensó un instante–. Ni siquiera sé cómo te llamas.

–Marta –dijo ella, y decidió que sería genial echarse un novio con una polla tan grande.