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Vocablos ignotos

Al amigo Gastón Maillard le respondí privadamente una consulta la semana pasada y se ve que se ha aficionado, porque esta semana ataca con otra:

Mi pregunta es relativa al uso de palabras poco usuales en nuestro actuar cotidiano. Según dicen, una persona común no usa más de 300 vocablos.  ¿Qué pasa entonces con el lenguaje a utilizar?  Las personas adictas a la lectura comprenden y disfrutan del uso de la musicalidad de ciertas palabras y de su calce perfecto para realzar una frase.

Por ejemplo invoco los siguientes trozos de literatura.

“… siendo continuamente refrescado por la fina llovizna proveniente del agua salina al golpear contra las rocas y atomizarse en millones de partículas que transportadas por vientos suaves venidos desde lejanos e ignotos lugares del océano…”

“Mi labor fue bastante ardua para desaflojar las tuercas, centrar las ruedas y nuevamente asegurarlas con firmeza contra los pernos, quedando unas puntitas de los mismos sobresaliendo tímidamente, lo que exultaba mis sentidos.”

Y así por el estilo. ¿Qué te parece a ti?

La pregunta, amigo Gastón, está mal planteada. La cuestión no debería ser si usar palabras poco comunes o no, sino cuándo usarlas y por qué.

En el primer ejemplo, la palabra “ignoto” me parece mucho más común, en un contexto literario, que “atomizarse”. Términos como este, “salina” o “partículas” tienen connotacions científicas que rompen el aire poético que la frase intenta conseguir con otros vocablos que apelan a la naturaleza (“agua”, “rocas”, “vientos”, “océano”). Y conste que he dicho frase donde debería haber dicho fragmento, porque semejante oruga verbal ni siquiera es una oración completa. Adivino que, sea lo que sea lo que el autor estaba intentando decir, el lector se ha perdido por el camino debido al exceso de paráfrasis y sobreadjetivación. Hemos empezado hablando de alguien (supongo, por lo de “refrescado”) y en los puntos suspensivos todavía no ha terminado de hablar de las partículas.

No suelo contraatacar con mi propia redacción de textos ajenos pero en este caso lo voy a hacer. Yo habría escrito algo parecido a esto:

Las olas al romper refrescaban su rostro. La brisa portaba un aroma a especias de tierras lejanas.

¿Por qué he elegido palabras sencillas? Porque creo que reflejan mejor las sensaciones sencillas que se describen. Imagino que casi todo el mundo ha estado alguna vez delante del mar sintiendo el salpicar del oleaje, lo que hace innecesarias las descripciones detalladas. Al contrario, basta con evocar ese  momento para que el lector pueda rescatar sus propias sensaciones. Y atención, porque no sólo he elegido un vocabulario sencillo: también lo he estructurado en una sintaxis sencilla. La elección puede ser discutible, pero al menos es consistente.

De manera similar, el segundo ejemplo describe muy bien un trabajo técnico, para luego romper esa imagen de dedicación y profesionalidad al usar las palabras “exultar” y “sentidos”, mucho más sensuales.

La elección de vocabulario es una cuestión de coherencia.

Pero más importante aún es utilizar las palabras con propiedad. ¿Qué errores hay en los dos ejemplos propuestos? Os doy de tiempo hasta mañana para responder.

{ 12 comentarios }

  1. Zoe | viernes 24 septiembre 2010 at 14:24 | Permalink

    En cuanto a errores… tengo la sensación de que el verbo exultar no está bien utilizado. Tal vez el texto quería decir ‘exaltar mis sentidos’ con el significado de intensificarlos, emocionarlos… Creo que ‘exultar’ no es transitivo, pero no sé muy bien cómo construirlo, tal vez en reflexivo (exultarse)… En fin, no lo tengo claro, sólo lo veo en el adjetivo ‘exultante’.

    También me llama la atención, aunque quizá no sea un error sino cuestión de preferencia personal, la expresión ‘fina llovizna’, que me parece redundante porque la llovizna es fina de por sí, incluso su sonido evoca ligereza. Algo similar encuentro en ‘bastante ardua’, pues arduo ya implica una cierta idea de cantidad.

    Por último, ‘Mi labor fue bastante ardua para desaflojar…’ creo que no está bien construida. No sería ‘labor para desaflojar’ sino ‘labor de (o al) desaflojar’. Por tanto: ‘Mi labor de desaflojar (…) fue bastante ardua’.

    Por lo demás, Alex, coincido con tu opción por los términos más sencillos y las construcciones más ligeras. Qué fácil es, en cualquier caso, encontrar los fallos ajenos. En cambio, no sé si sería capaz de construir esos párrafos. Cuando sea mayor voy a ser crítica de algo, lo he decidido… ;-)

    Saludoss

  2. Álex Hernández | viernes 24 septiembre 2010 at 14:36 | Permalink

    Que conste que mi entrada de mañana ya está escrita y pienso publicarla sin quitar ni añadir nada. Además me morderé la lengua por hoy a ver qué dicen los demás ;-)

  3. Lightray | viernes 24 septiembre 2010 at 16:16 | Permalink

    Totalmente de acuerdo contigo, Alex.
    En el primer texto se nota demasiado que el autor pretende deslumbrar al lector con una prosa poética, pero rebuscada y liosa, cargada de adjetivos innecesarios. Los puntos suspensivos del inicio y del final, indican que el párrafo no está completo. No quiero ni pensar en la extensión del mismo, aunque me gustaría, por curiosidad, leerlo en su totalidad.
    La definición de llovizna según la RAE es: lluvia menuda que cae blandamente. Por lo tanto el adjetivo “fina” sobra, yo, al menos, no lo hubiera escrito. Algo parecido sucede con “salina”, el agua del mar siempre es salada, ¿no? Tampoco hubiera usado el verbo atomizar, desentona con el tono que el autor emplea aquí. Además es una palabra muy… digamos fuerte, rotunda.
    Resumiendo, me parece un texto pretencioso y redundante. La única forma de mejorarlo es mantener la idea o esencia y cambiarlo todo entero, como ha hecho Alex.
    Del segundo texto lo que más llama la atención es la mala sintaxis:
    “Mi labor fue bastante ardua para desaflojar las tuercas, centrar las ruedas…”. Suena mejor si decimos, por ejemplo: “Me costó mucho trabajo APRETAR O AFLOJAR (desaflojar no existe) las tuercas, centrar las ruedas…”
    El verbo exultar, según la RAE: Mostrar alegría, gozo o satisfacción. No comprendo esa exultación de los sentidos, por el tema del perno. ¿Tanto gozo y alegría puede producir en los sentidos de alguien que la puntita de dicho perno sobresalga unos milímetros? Creo que el autor buscaba otro significado y se ha equivocado de verbo.
    Este segundo texto también me resulta pretencioso, yo lo escribiría:
    Me costó mucho trabajo aflojar las tuercas, centrar las ruedas y asegurarlas (firmemente) con firmeza a los pernos, cuyas puntitas sobresalían un poco.

  4. Gastón Maillard | viernes 24 septiembre 2010 at 21:24 | Permalink

    Muchas gracias amigos por todos sus comentarios. Así se aprende. Respecto a a la “fina llovizna” y otras inepcias, se trata de un pedacito de una perorata de un personaje muy majadero y está escrita ad-hoc.

  5. Gastón Maillard | viernes 24 septiembre 2010 at 21:37 | Permalink

    Amigos, mejor les mando el cuento completo.

    La Playa

    I Los hechos, los porfiados hechos
    En Playa Blanca, llamada así por lo blanco de sus arenas, durante el verano hay una gran cantidad de bañistas disfrutando de sus aguas transparentes y tranquilas. Niños jugando y corriendo de un lugar a otro, riendo y gritando. Adultos jugando a las paletas en la arena, otros nadando, mujeres hermosas mostrando sus encantos al sol con el pretexto de estar bronceándose.
    Vendedores de helados, bebidas, pastelillos, maní, cervezas, etc., recorren de punta a punta la playa ofreciendo sus productos. A las atracciones tradicionales se han agregado camas elásticas, saltos en “benji”, parapentes y otras cosas.
    Como telón de fondo de la playa existe un delicioso bosque de pinos que cubre de su encendido aroma toda la localidad. Los árboles translucen suaves pendientes que llevan a lomas cubiertas de césped que logran completar un idílico paraje.
    Adyacente está Playa Roquerío, a la que las personas no van porque no hay forma de bañarse entre tantas rocas, lo que da su toponimia al lugar, denotando cierto desprecio o malestar.
    Jaime está tomando sus vacaciones laborales legales, en esta última playa. Está tumbado de espalda sobre la arena gozando de los rayos de sol, del murmullo de las olas amenizado por el lejano graznido de gaviotas. Se deleita con el agua de mar que -pulverizada al chocar contra las rocas- refresca su piel sedienta. Es un banquete para sus sentidos ese olor a mar, a algas, a aire puro… y ese silencio sólo interrumpido por los sonidos de la naturaleza. También la brisa le trae lejanos y amortiguados gritos y risas de niños en Playa Blanca que no alteran en nada su bucólico permanecer, incluso le proporcionan el acompañamiento exactamente apropiado, pues a él nunca le ha gustado estar solo en una playa, producto de quizá qué atavismo.
    Jaime que es un hombre dado a la contemplación y meditación -con un alto componente de esoterismo, meditación Zen y música “New Age”- contempla en lontananza abigarrados veleritos que hacen toda suerte de piruetas sobre el calmado mar desplazándose por un circuito imaginario alejado de los lugares de uso de los bañistas.
    Todo este clima, donde la paz tiene aroma, esta ambientación paradisíaca, lleva a Jaime a entrar en un maravilloso estado de meditación trascendental o interna como gustan denominar algunos exégetas.
    Jaime comienza a detectar un ruidito así como el lejano aletear de un mosquito. El sonido se está transformando en un zumbido de moscardón, que se convierte ahora en un estrepitoso y horripilante ruido de motor. Es un helicóptero el que se sitúa exactamente sobre el lugar donde reposa Jaime, a varios metros de altura.
    Del aparato caen por el aire dos cuerdas que llegan al lado de Jaime, una a cada lado, y descienden por ellas, raudos Rescatadores de bañistas en peligro de ahogarse en las nunca bien ponderadas aguas del mar.
    Los Rescatadores conminan a Jaime a ponerse un chaleco flotador reflectante, un casco de seguridad y ceñirse un arnés para ser izado a bordo del objeto volador. Todo esto es de uso obligatorio en las maniobras de un rescate de ahogante en el mar.
    Jaime, muy molesto por tamaña, brusca, violenta e injustificada irrupción en su intimidad y relajado pasar, espeta a los invasores de su privacidad a explicar qué está sucediendo, a qué se debe esta falta de respeto, este atropello a la razón:

    -¿Podéis explicar caballeros, a ciencia cierta, qué os trae por estos parajes tan deshabitados por la especie humana que prefiere la pueril diversión de chapotear socarronamente en las aguas del mar en lugar de solazarse con la contemplación del espacio infinito a través de la cúpula celeste que protege la vida en nuestro planeta y que solemos denominarla atmósfera?

    – ¿ ?

    El Rescatador 1°, que no ha entendido la perorata de Jaime, trata de contrarrestar la situación diciendo con solemne sentencia:
    -¡Usted se está ahogando señor!

    Jaime con un asombro mayúsculo protesta:
    -Usted distinguido señor ¿está tratando de significar que el aire –compuesto formado en su mayor parte por oxígeno- no está entrando a mis pulmones?, o tal vez ¿querrá usted insinuarme que mis bronquios no pueden cumplir en forma eficiente su trabajo de oprimir mis pulmones para exhalar el aire ya ocupado que hay en su interior y así dar paso al nuevo aire fresco vital para nuestra existencia en este plano físico de la vida, latente en todo el universo y que se ha manifestado individualmente en nuestros cuerpos? Ilustre ciudadano de este hermoso país, ¿os dais o no cuenta que estoy de pie frente a usted?, ¿cómo podría estarme ahogando, entonces, es más, cómo no habría de ser yo el primero en enterarme de ello?, ¡cachafaz!

    Jaime es latinoamericano, pero en ocasiones, usa giros idiomáticos que parecen reminiscencias de ancestrales idiomas, da la impresión.

    El Rescatador 1°, que entiende -de toda esta hemorragia verbal- que el ahogante está tratando por todos los medios de negar su condición del tal, busca algún argumento que descalifique drásticamente a Jaime:
    – ¡Rescatador 2°, páseme la planilla!

    – ¡Aquí está, mi Rescatador 1°!

    -Veamos, dice el Rescatador 1°. Fecha: correcto… hora: correcto… lugar:… correcto…visto bueno Intendencia:… correcto, visto bueno de mi Capitán:… correcto, visto bueno del occiso: ¿? -Señor, debo informar a usted que de acuerdo a nuestro chequeo, no hay ningún error. Por tanto, procederemos inmediatamente a su rescate.

    -Escúcheme, si yo estuviese sumergido bajo el agua de este mar que tranquilo nos baña, en forma involuntaria y por un lapso de tiempo superior al que pudiera estimarse razonable –en base a lo determinado en forma empírica por la mayor parte de la población, pudiera decirse que hay una probabilidad de estarme ahogando, pero este no es el caso. Claro que aquí me gustaría hacer una disquisición, soy partidario de no considerar, para estos efectos, la experiencia que pueda provenir de las personas que se sumergen con tanques de oxígeno u otro artilugio, no sé si a usted le quedara claro.

    -¿?

    -Para mayor abundamiento, míreme, léame los labios: ¡yo – no – me – es – toy – a – ho – gan – do, yo – es – toy – en – la – pla – ya, yo – no – es – toy – en – e l – a – gua! Es decir, para que no quepa ninguna duda al respecto, esta playa, en términos generales, está compuesta por arena, ahora ¿de dónde proviene esta arena?, proviene del mar, que con el movimiento de sus olas la expulsa de su lecho marino, obvio, para depositarla fuera. Ahora, usted se preguntará, bueno ¿y de dónde viene a dar la arena al mar?, he ahí el punto, esta arena que está compuesta por sílice puro, proviene de la disgregación de las rocas en minúsculas partículas por la acción de desgaste, por parte del agua de los ríos, principalmente, y de otros elementos presentes en la naturaleza, como el viento, la nieve y otros, a través de cientos, miles y hasta de millones de años. A todo esto he de honestamente confesar que no me acuerdo a que venía lugar lo últimamente expuesto, pero confío en que ha quedado absolutamente esclarecido el tema.

    -¿?

    -¡Mire señor!, si usted no estuviera aquí en calidad de ahogante nosotros no estaríamos acá en calidad de Rescatadores, ¿no le parece obvio? (El Rescatador 2° mueve la cabeza de arriba abajo y combina con un leve abrir y cerrar de los párpados).

    -¡No, no y no!, sin miedo a echar fianza, os digo que estoy parado en la arena a cuarenta metros de ese pacífico océano que baña nuestras costas con beatífica prolijidad, constituyendo un bálsamo para nuestros cansados sentidos víctimas del tráfago de nuestras urbes. ¡Ah, cómo deseo que los destinos de la humanidad se hubiesen orientado a otro tipo de evolución! Pero eso ya es harina de otro costal.

    -¿?

    El Capitán, asomando por la puerta del engendro volante concebido en la tormentosa mente de algún ingeniero en la madrugada de un nefasto día, ordena:
    -¡Rescatador 2°, tome las medidas inmediatamente.

    -Si mi Capitán, responde el Rescatador 2°.

    -Mi Capitán, dice el Rescatador 2°, son treinta y ocho metros y 24 centímetros,
    Todos se quedan mirando a Jaime así como con lástima, en una actitud de perdonavidas, de superioridad intelectual, al haber demostrada la descabellada apreciación de las distancias, y por ende de la realidad, que tiene el ahogante, falta de juicio que invalida totalmente cualquier argumento que haya pretendido o pretenda esgrimir el desubicado hombrecillo.

    -Por un metro puede chocar un portaviones con un submarino… que esté en la superficie, obviamente, reflexionó en voz alta el Capitán, aunque pensándolo bien pudiere suceder aun estando sumergido, también. ¡Hm!, buena reflexión.

    Jaime no comprendía, no entendía, no percibía, pensaba que podría ser una broma pesadísima, ¿pero de quién?

    -¡Arriba!, ordenó el Capitán.

    Sin más, Jaime fue embalado con el arnés, afianzado con las cuerdas y elevado por los aires hacia el adefesio volador en base a aspas y giroscopio que hasta el nombre es feísimo: helicóptero.

    Jaime seguía oponiendo resistencia mediante argumentos absolutamente válidos:
    -¡Si yo hubiere estado en el mar, obligadamente por las leyes de la termodinámica -una rama de la física que estudia el comportamiento del calor emanado por los cuerpos- tendría mi traje de baño húmedo!, pero no, mi pantalón de baño está seco, así como el vasto y desolado espacio del desierto yermo, en donde nunca la flor creció y el helado viento de la noche se lleva cualquier esperanza… decía, ya contra su voluntad sentado, en el incómodo asiento del engendro volador.

    -¡Hm, buen punto!, dijo el Capitán, habiendo logrado captar, en parte, lo esencial de la absurda e inconexa sarta de palabras. Hasta aquí es lo único razonable que usted ha planteado en su calidad de ahogante, pero su pantalón de baño -de tela delgada e impermeable- está seco por el tiempo transcurrido durante sus alegatos más el tiempo ocupado en su izamiento hasta acá a bordo, que con el viento y el calor reinante, terminaron de secarlo.

    -¡Pero, por favor, que me duele el hígado, en un hipotético caso que hubiese estado ahogándome habría gritado, con toda la fuerza telúrica que anida en mi cuerpo y -el coraje de la sangre araucana, guerrera indomeñable, y la sangre conquistadora que corre por mis venas- auxilio, socorro, ayudadme, ayudad a este pobre mortal que se debate en una lucha cruel y desigual contra un océano inmenso en pos de hacer prevalecer su existencia como tal. Eso, simplemente, ¡socorro, auxilio, que alguien me ayude!

    -Precisamente eso es lo que nos fue informado por la Intendencia, que usted pedía auxilio.

    -Pero es que no he sido yo. Ahí seguro que ha sido otro pobre infeliz que, para su desgracia, la lucha por su vida estaba siendo doblegado por la inmensa superioridad de las desatadas fuerzas de la naturaleza, porque yo no he gritado nada de eso.

    -Precisamente usted no logró gritar porque tenía la boca llena de agua.

    -¡Jamás! Yo, con toda humildad, tumbado en la arena de la playa, dejaba que llegase a mí el regalo del Astro Rey que dona a todos los seres, sin distinción, porque él brilla para todos, sin importar su condición social, edad, preferencia sexual, ni siquiera condicionamientos morales. En ningún momento siquiera se pasó por mi mente introducirme en el agua de ese vasto mar.

    -¿Y si no se metió al agua, por qué se estaba ahogando?
    Jaime cayó en un estado de estupor, de catatonia, con los ojos muy abiertos ya no parpadeaba, su cuerpo estaba encogido y sin movimiento, habíase rendido ante tanta incapacidad de razonar, de captar el mensaje, de considerar que el otro que está en frente también quiere dar una información, que tenemos que adaptar las herramientas a los acontecimientos y no todo lo contrario, aunque se tenga la autoridad para imponer puntos de vista.
    -Mi Capitán, el ahogante no está protegido con bloqueador solar, dice el Rescatador 1°.

    -Tiene suerte este muchacho que hayamos llegado a tiempo para su rescate, dictamina, el Capitán.
    La aeronave, que al parecer carece de puertas, a raíz de un súbito ventarrón da una media voltereta y Jaime es expelido al vacío, pero para su suerte, su pierna estaba enredada en las correas con que lo subieron, de tal manera que su vuelo libre duró cinco o seis metros, hasta que los aperos detuvieron su caída al abismo.
    El Capitán al ver la escena exclama:
    -¡Ajá, y ahora el ahogante ha intentado fugarse sin autorización previa! (El Rescatador 2° ratifica moviendo la cabeza de arriba abajo con presteza).
    El Rescatador 2° se lanza al aire con toda su parafernalia y toma la distancia desde el helicóptero hasta la suela de los zapatos del fugitivo:
    -¡Capitán, son cinco metros ochenta y tres centímetros con cuatro milímetros los que el ahogante logró escapar!

    El Capitán dictaminó que para él son seis metros, y punto, que medio metro no quita ni pone, con esa magnificencia de los preclaros grandes hombres forjadores de la humanidad.

    -¡Suban al ahogante!, ordena el Capitán.

    -Pongan al insurrecto a disposición de la Justicia del Crimen, inmediatamente, instruyó el Capitán.

    -Mi Capitán -interviene el Rescatador 2°- de la Intendencia de Playa Blanca preguntan por qué no acudimos al rescate del ahogante solicitado, pero que en todo caso ya lo solucionaron, pues con botes de la caleta de pescadores llegaron al bañista, o ahogante en este caso, y lo llevaron a la playa sano y salvo.

    -¿Cómo que no?, ¿y el ahogante rescatado que llevamos aquí?, -qué casualidad dice el Capitán, dos ahogantes ahogándose en el mismo sector.

    II El Juicio
    El Juez escucha atentamente al Fiscal de la causa quien ha comenzado su exposición.
    -Señor Juez, dice el Fiscal, el inculpado individualizado como Jaime Jaime…
    -No es necesario que repita el nombre del acusado, dice el Juez.
    -Señor Juez, sucede que el inculpado Jaime Jaime tiene como nombre Jaime y como apellido Jaime, hecho que debemos tener presente cuando demostremos la peligrosidad intrínseca de este resentido social y su ánimo de subvertir las bases mismas de la sociedad en que estamos insertos, en cada ocasión que tenga oportunidad.
    -Pero, interrumpe el Juez, en su libelo acusatorio usted escribió Jaime Jaime, entonces dígame, ¿cuál escribió primero el nombre o el apellido?
    -Sinceramente no me acuerdo Usía, por eso es que reitero la solapada maldad absoluta que manifiesta en todos sus actos este posible terrorista.
    -¡Oh!, exclama el auditorio. ¡Un terrorista!, ¡y nosotros aquí inermes frente al terrorismo!
    -No debieron haberlo traído aquí, ¡simplemente debieron haberlo torturado hasta la muerte y ya!, como lo hacen en los países civilizados del primer mundo, además que nosotros ya pertenecemos al primer mundo, decía una empingorotada dama a otra no menos, voluntarias ambas de la “Liga Contra el Maltrato Animal”.
    -Si claro, si estos terroristas no merecen consideración alguna, incluso se debiera castigar a su familia, especialmente a su mujer y sus hijos –y creo también a sus vecinos, por tolerarlo, y quizá a toda el barrio para que sirva de escarmiento- expresó la “Directora Ejecutiva de las Misiones para la Paz Intercultural”.
    -¿No será mucho, señora Directora?
    -¡Faltaba más, señor Director!
    -Creo que debieran llevarlo inmediatamente a la cámara de tortura, sugirió el “Director de la Corporación de Defensa de la Vida del Nonato”.
    -Las cámaras de tortura debieran estar aquí, en el edificio mismo del Tribunal, para que estos villanos confiesen sus fechorías, decía el “Alto Dignatario del Consejo para el Respeto a la Justicia Internacional”.
    -Te prometo que si no anduviera con mis zapatos blancos, hechos de piel de foca, lo patearía desde aquí mismo hasta las parrillas de tortura con electricidad, dijo el “Oráculo Mayor del Templo Ecológico del Amor y la Caridad”.
    Así por el estilo era el murmullo que acunaba estos elevados instintos y profundas reflexiones sobre el amor que han manifestado estos próceres de una humanidad comprometida con la tolerancia, la verdad, el respeto y el amor a los demás, todos postulantes al Premio Nobel de la Paz.
    Después de este entremés volvamos al Juez:
    -Es lamentable que usted no se acuerde, pues pone en peligro la identificación exacta del inculpado… -A propósito señor Fiscal, en el libelo acusatorio no figura la identificación suya, dice el Juez.
    -Qué curioso, pero si yo lo puse aquí, ¿ve?, ¡bah!, no está. ¿Qué pudo pasar…? y se da vuelta con una mirada de odio indescriptiblemente asesina contra Jaime Jaime, sin dudar en ningún momento que fue él quien saboteó su computador para hacerlo incurrir en ese desaguisado.
    -Indique su nombre al Secretario, ordena el Juez al Fiscal.
    -Pablo Pablo.
    -¿Cómo dice?, se sobresalta el Juez.
    -Si Usía, Pablo por mi abuelo y Pablo por mi padre.
    -¿Cómo puede haber gente así?, farfulla el magistrado.
    -Usía, me confundí, interrumpe el Secretario, no sé si escribí el nombre Pablo o el apellido Pablo, primero.
    -¿Sabe qué más?, dice el Juez, ¡déjelo así!, total cómo se escriba o se lea, nunca se sabrá que va primero y que va segundo. Son las cosas de la vida, hay que aceptarlas dice el Juez, con resignación filosófica.
    -El Fiscal, engolando la voz, expone que la conducta del terrorista es un “insacato” a la humanidad.
    -El Juez pregunta: ¿dijo usted “insacato”?
    -Sí, así dije Usía.
    -Pero acá el procesador de texto me indica que no existe esa palabra.
    -¿Cómo puede ser?, yo lo revisé en mi notebook y no señaló error.
    -¡Qué curioso!, dice el Juez, hm… voy a ver en la Real Academia de la Lengua Española, entro por el Google, pongo RAE y allí pincho el diccionario, escribo “insacato” y… esa palabra según la RAE…, no existe.
    -El Fiscal insiste: si me permite Usía, tal vez, si entramos al Mozilla y de ahí nos vamos a los marcadores y seleccionamos la RAE directamente, obtengamos un resultado diferente.
    -Veamos expresa el Juez: voy al Mozilla, de ahí a los marcadores, selecciono RAE, escribo la palabra “insacato” y ¡n-n!, la palabra no existe. ¿No será desacato?…, Secretario, corrija.
    El Fiscal mira con un gesto descuartizador a Jaime Jaime, tratando de descubrir cómo pudo sabotear nuevamente su computadora para conseguir que pasase por un ignorante de proporciones épicas.
    -Que el acusado se ponga de pie, ordena Usía, ¿qué tiene usted que decir?
    -Señor Juez, cuando hoy me han traído desde las mazmorras…
    -¡No pues hombre!, desde el principio.
    -¿Desde el principio, principio?
    -Si pues, desde el principio, principio.
    -¡Ah!, en ese caso: bueno, ¡hm!…, al principio era el caos…y Dios dijo…
    -¡No!, le digo del principio, de cuando estaba en Playa Roquerío, en forma sucinta.
    -¡Ah!, en forma sucinta, ya, correcto, ok: estaba yo en la playa tumbado de espalda sobre la arena, gozando de los rayos de sol que mesuradamente acariciaban mi piel y del ruido de las olas, amenizado por el lejano graznido de gaviotas, siendo continuamente refrescado por la fina llovizna proveniente del agua salina al golpear contra las rocas y atomizarse en millones de partículas que transportadas por vientos suaves venidos desde lejanos e ignotos lugares del océano impulsan delicadamente a tan frágiles criaturas hacia los cuerpos desnudos de quienes tienen la fortuna de estar al alcance de su frescura, y deleitándome también con ese olor a mar, a algas, a aire puro… mientras el silencio sólo interrumpido por los sonidos propios de la naturaleza, pero también con la brisa que me traía lejanos y amortiguados gritos y risas de niños en Playa Blanca (por el color de sus arenas), que está pegada a la Playa Roquerío –que debe precisamente su nombre a la cantidad de rocas desperdigadas por doquier que hacen imposible usarla para el baño- y que no lograban desmoronar mi idílico permanecer, pues incluso me causaban una sensación de alivio, al sentir que no estaba absolutamente solo.
    -¿?
    Silencio absoluto en la sala, nadie entendió nada.
    -¡Ah!, dice el Juez, me parece haber escuchado o leído algo así en alguna parte. Prosiga, pero sea más conciso pues hombre.
    -¡Ah!, conciso, si: me encontraba en un profundo estado de meditación trascendental, donde las ondas eléctricas emitidas por mi cerebro, en su mayoría del tipo alfa, lograban la unificación de todos mis sentidos que conozco y otros que no conozco, para insertarme en el todo, hacerme uno con la realidad arquetípica subyacente en la creación del universo –en el mismo momento de la propia realización como el único ente rector- realizando el sueño quántico del campo unificado que anhelan nuestros actuales físico teóricos, pero que ya habían vislumbrado, con siglos de anticipación, aquellos hombres forjados en el descrédito social, hombres que sin tener la tecnología necesaria se atrevieron a decir que este acontecimiento era indesmentible, me refiero a nuestros nunca bien ponderados alquimistas. Claro que seríamos injustos sin no mencionáramos a esos precursores, esos sabios hombres conocidos como Druidas… ¿en qué estábamos señor Juez?
    -Tome asiento por favor.
    -Señor Juez, quisiera agregar algo.
    -¡No!, tome asiento.
    -Es que usted verá…
    -¡Que tome asiento!
    -Pe…
    -¡Q!…
    Al Juez se le notaba su desazón y molestia por el disparatado alud de palabras necias e innecesarias desparramadas por Jaime. Sólo había entendido –con algún grado de incertidumbre- que Jaime estaba en la playa recostado en la arena cuando empezaron los lamentables hechos que se están ventilando en su corte.
    El Juez, visiblemente molesto por la bochornosa perorata de Jaime, se dirige al Capitán:
    -Capitán póngase usted de pie y exponga en forma resumida los luctuosos acontecimientos de Playa Roquerío.
    -Si su señoría, ¿pero antes usted me prestaría su notebook un segundito?
    -Tristes, tómelo como tristes acontecimientos, dice Usía al Capitán, trasuntando un sentimiento de estar cansado, muy cansado.
    -Gracias dice el Capitán. El día de los luctulu… lu… lu… tristes acontecimientos, estábamos en nuestro comando cuando a las mil setecientos recibimos de la Intendencia de Playa Blanca una petición de rescate de ahogante en el sector. Acudimos al lugar tomando posición de rescate a las mil setecientos quince. Pese a contar con la obstinada resistencia del ahogante a ser rescatado, se logró completar la misión con éxito a las mil setecientos treinta y cuatro. Hago notar que hubo una demora adicional por el intento de fuga, por parte del acusado, tentativa inconsulta y sin autorización previa de mí parte.
    -Pero Capitán, si hubiese tenido su autorización previa ¿habría sido un intento de fuga?
    -En realidad señor Juez sí, pero habría sido una fuga autorizada, reglamentaria, acogida al protocolo respectivo.
    -¿Pero eso no estaría comprendido dentro de la autorización previa?
    -Es que no podemos ser tan rígidos en esta materia.
    -¡Hm!, ¿y luego que hicieron?
    -Pusimos al acusado bajo la jurisdicción de la Justicia del Crimen a las mil setecientos cincuenta y uno.
    -Gracias, Capitán, tome asiento, ordena el Juez.
    -Rescatador 1°, narre usted los hechos, ordena Usía:
    -Cuando yo descendí en la arena de Playa Roquerío a conminar al ahogante a ser rescatado…
    -¿Quién estaba en la playa?, interrumpe Usía.
    -El ahogante, señor Juez. (El Rescatador 2° desde su asiento confirmaba con la cabeza).
    -¿Qué no estaba en el mar?
    -No señor Magistrado. (El Rescatador 2° desde su asiento negaba con su cabeza).
    -Tome asiento.
    -De pie, Rescatador 2°, ordena el Juez, narre usted lo que sucedió.
    -Si Usía, el ahogante se resistía furiosamente a colocarse el arnés de seguridad, pero con mi Rescatador 1° logramos ponérselo y subirlo hacia el helicóptero.
    -¿Y dónde estaban, en la playa o en el mar?
    -En la playa, al lado del quitasol.
    -¡Ajá!, ¿y notó algo fuera de lo normal, algo extraño, que llamara su atención?
    -No propiamente tal, pero después del procedimiento hubo una llamada de la Intendencia de Playa Blanca inquiriendo la razón del por qué no se acudió al rescate del ahogante, que nos habían solicitado, pero que en todo caso ya no importaba, pues había sido rescatado por los pescadores del lugar.
    -Tome asiento.
    -Que el acusado se ponga bien. ¿Dónde estaba exactamente usted cuando lo rescataron?, pero cuidado… más de diez palabras y lo mando a trabajos forzados ¡por imbécil!
    -Estaba yo en la quintaesencia…
    -¡Guardia!
    -¡No, no, no, ya entendí, ya entendí!
    -Estaba en la playa, a cuarenta metros del mar.
    -¿Qué estaba haciendo?
    -Descansando, tomando sol debajo de una sombrilla.
    -¿Qué pasó arriba en el helicóptero?
    -El helicóptero dio una voltereta y yo me caí con…
    -¿Qué pasa, por qué no continúa su relato?
    -Señor Juez, Ya completé las diez palabras.
    -¡Era un decir, pues hombre!
    -¡Ah!, en ese caso. Se dio por parte de la Diosa Fortuna, que acompaña a quien conquista su amor, por blandas sendas…
    -¡Guardia!
    -…que las cuerdas con que me habían izado al helicóptero se enredaron en mi pie y detuvieron mi caída.
    -Asiento.
    -Que se ponga de pie el Capitán.
    -Capitán, ¿usted ratifica que todo lo dicho es cierto?
    -Si Usía, en términos generales es cierto.
    -Abogado Defensor, expresa Usía, no lo hemos oído decir palabra, póngase de pie y exponga.
    -Si señor Juez, sucede que yo no estaba en el lugar de los lu… tristes acontecimientos, y como quedó tan magníficamente expuesto por los partícipes directos en ellos, estimé que no era necesario en absoluto contaminar el nivel del debate con mis ideas extrapoladas y cargadas de prejuicios provenientes de otras experiencias.
    -¿Es usted pariente del acusado?
    -No señor Juez.
    -¡Curioso!. –A ver si lo entiendo señor Abogado Defensor, dice el Juez: si su defendido hubiese cometido un asesinato, ¿usted no participaría en los alegatos por no haber estado presente en la consecución del crimen?
    -Señor Juez, ese es un caso distinto, porque ahí estaría involucrada la Policía de Investigaciones, ¡no la fuerza de Rescate de Ahogantes!
    -Entonces, señor Abogado Defensor: ¿qué hace usted acá en estos Tribunales?
    -Honestamente señor Juez mi convicción es que, como Abogado Defensor, debo hablar sólo cuando sea estrictamente necesario para lograr el mejor posicionamiento para mi defendido.
    -¿Es posible mejorar el posicionamiento actual de su cliente mediante una intervención de su parte?
    -¿Mía o de mi cliente?
    -¡Suya, por supuesto!
    -Sí, señor Juez, sinceramente estoy convencido que mi posición actual mejoraría notablemente si yo interviniera ante mi tía Pepa, para que me consiguiese un aumento de sueldo.
    -¡Ah!, pero que bufonada intentáis. Os digo la posición de vuestro cliente, carajo.
    -¡Ah!, usted me consulta que si yo abogo por mi cliente en forma oral o escrita, mejoraría o no su nivel en cuanto a lograr un posicionamiento más favorable para él en su negociación, ¿no es cierto?
    -Exacto, eso es lo que quiero que me conteste.
    -Bueno, en este caso específico podríamos considerar que si bien es cierto que una intervención mía haría superar con creces el actual piso de negociación obtenido por mi cliente, no es menos cierto que…, eh, este que, puf… habría que consultarle a mi defendido su opinión al respecto. Pues de acuerdo a doctrina siempre debe ser el defendido quien opte en última instancia por la decisión final a tomar, no obstante la permanente asistencia en todo momento de su abogado.
    -¿Seguro que usted no es familiar del acusado?
    -No señor Juez.
    -Sí o no. ¿Cumplirá usted su rol de Abogado Defensor?
    -¿Podríamos hacer un receso para pensarlo reposadamente?

    III El Dictamen
    -En consideración a los hechos que aquí se han presentado, y habida consideración de testigos, demandantes y defensores, este Altísimo Tribunal dictamina:
    -Señor Ahogante: culpable de verborrea sebácea.
    -Equipo de Rescate: culpable de estulticia en grado máximo, con el agravante de ensañamiento y alevosía.
    -Señores Abogados, Fiscal y Defensor: culpables de patanería en sus grados medio a máximo.

    IV La Sentencia

    -Este Altísimo Tribunal sentencia a los culpables a las penas que se indican a continuación:

    -Señor Ahogante: Un año de prohibición de hablar más de 20 palabras seguidas y lectura obligada de los libros “Claridad, Precisión y Concisión, Claves para Comunicar”, “Lo bueno, si es breve, es mejor” y “Nadie Entiende ni Acata a los Majaderos”, lo que será fiscalizado por este Tribunal. Además, deberá participar obligadamente en todos los certámenes de micro cuentos que se publiciten, no mayores a cien palabras, hasta obtener un primer premio.

    -Equipo de Rescate: Rendir semanalmente ante este Tribunal exámenes de lectura de los libros “El Arte de Saber Oír”, “Pare, Mire y Escuche”, “El Gran Oidor”, “No hay Peor Sordo que el que no Quiere Escuchar”, “Los Auditores del Espacio”, “Manual del Radioaficionado”, “Escucho, Pienso, luego Existo”, “Los Oidores del Silencio”, “Alguien Nos Oye”, “Si A es igual a B, entonces B es igual a A”, “Principios Elementales de Lógica Aplicada para Niños del Nivel Kindergarten” , “El Arte de Saber Pensar con la Cabeza”, “No todos los Gatos son Negros” y “No Sienta Temor, Pensar no Produce Cáncer”.

    -Señores Abogados: Tienen prohibición de abandonar la ciudad, deben firmar diariamente en este Tribunal, y escribir en cada una de estas oportunidades, mil veces -en cuadernos y lápices que les serán facilitados por su propio bolsillo- “Debo trabajar, esforzada, leal y honestamente, para ganar el dinero que me pagan”. Además, con control de comprensión semanal, en este Tribunal, deberán leer “El Significado de las Palabras”, “El Ratón y el Queso”, “El Zángano después de la Cópula” y “Los Mayas y el Sacrificio Mortal de los Representantes”.

    Fin

  6. Gastón Maillard | viernes 24 septiembre 2010 at 21:59 | Permalink

    Y también les mando el segundo cuento completo.

    Bicicletas

    Cuando llego al trabajo, en bus o taxi, temprano por la mañana, mis compañeros me sugieren, casi a diario, que adquiera una bicicleta para mi transporte.

    -Es mejor para la salud, me indican unos.

    -Te hará bajar esos kilos demás, agregan otros.

    -Economizarás dinero, también dictaminan.

    Yo les digo que estoy de acuerdo, que lo pensaré, que lo haré más adelante u otra excusa, para que no sigan insistiendo. No me atrevo a contarles mi particular relación con las bicicletas, me tomarían por un insano mental, se burlarían de mí, no me dejarían tranquilo, pero dado que ustedes me obligan, he aquí el relato de lo que viví muchos años atrás:

    “Mis primeros kilómetros con mi bicicleta fueron de felicidad rebosante, tanto que hasta hoy recuerdo su cristalina risa en mis oídos, proveniente de su hermosa campanilla de acero inoxidable. Sus sensuales neumáticos…, diariamente yo los limpiaba y después los untaba con líquido limpia gomas que le devolvían su tersura original. El sillín lo embetunaba con silicona líquida para que fulgurara a la luz de cada nuevo día con su bello color azabache. El marco, era objeto de mi mayor devoción, recorriendo trémulo, milímetro a milímetro su cuerpo en busca de cualquier adherencia que debiese remover o, con angustia infinita, detectar alguna limadura que yo solícito debía sanar con la más adecuada de las pinturas. Pedales, cadena, piñones, motor, frenos, manubrio… eran minuciosamente revisados cotidianamente por mí, aseados, lubricados según el caso, con una total dedicación. Ella con su sensual movimiento me transportaba por las calles llevándome a los límites mismos de la locura, a alucinantes estados de éxtasis supremo, éramos uno en el universo que nos cubría con sus rocíos galácticos a modo de emocionado tributo a nuestra increíble -para otros- relación.

    Recuerdo, con angustia, esa oportunidad en que estaba detenido por el semáforo, en una de esas calles de Recoleta, hermosa comuna en la zona norte de Santiago. Turnó luz verde y pedaleé, pero Rueditta, como la llamaba yo, no se movió y caí hacia un costado. Advertí descarrilada la cadena de transmisión. Bajé, y amorosamente coloqué la cadena en su posición correcta aplicando una técnica aprendida en mis años de más tierna infancia, el aroma proveniente de su lubricante enloquecía mis sentidos y quedó impregnado en mis manos, y por un descuido, quedó grabado para siempre en mi mejor pantalón el color del viscoso fluido, como presagio de penurias que afligirían mi alma.

    Llegué a mi hogar, pero en todo el trayecto, a contar del incidente de la cadena, sentí una reticencia por parte de Rueditta, una resistencia a dejarse llevar sin más ni más por el enérgico impulso viril que yo le transmitía con mis pedaleos.

    Muy poco tiempo después, siguiendo mi trayecto habitual por calle Santos Dumont, siempre en Recoleta y en pleno viaje, perdió velocidad sin motivo alguno, como si hubiese aplicado yo los frenos. Bueno, los frenos habían sido aplicados –no por mí, sino por el misterio insondable del alma de Rueditta- y se habían quedado adheridos contra el brillo de la circunferencia metálica de la rueda. Con la mayor dulzura los desapliqué y continué el viaje a nuestro departamento, pero fue un trayecto desagradable en que debí bajar a repetir el procedimiento, no recuerdo exactamente, tres o cuatro veces, con evidente estupor y desgano de mi parte. Todo esto lo rememoro sin esfuerzo, pues la impronta del suceso quedó grabada indeleblemente en mi mejor camisa de un rojo, hasta ese momento, inmaculado. Ya mi mente daba las primeras alertas: o ella tenía una personalidad propia dislocada o yo estaba hundiéndome en el pantano de la locura.

    Después de estos incidentes, revisé en profundidad su sistema de frenado sin encontrar falla alguna. De todas formas, lubriqué concienzudamente las piezas correspondientes, había un patín un tanto desgastado, lo cambié, en realidad los cambié todos. Me acuerdo aun, y mi alma llora al hacerlo, del aroma a frutillas que desprendían esos tiernos pedacitos de blanca goma.

    Al otro día, en dirección a mi trabajo, en pleno viaje se detuvo una vez más, pudiera decirse violentamente. Las ruedas habían perdido su balance y topaban contra las horquillas. Mi labor fue bastante ardua para desaflojar las tuercas, centrar las ruedas y nuevamente asegurarlas con firmeza contra los pernos, quedando unas puntitas de los mismos sobresaliendo tímidamente, lo que exultaba mis sentidos llevándome al borde de perder el control. Y ella se dio cuenta, lo notó.

    Parecía que alguien o algo alteraba su comportamiento para que dejara de cumplir con la función inherente a su rol en el escenario de la vida, lo que provocaba en mí accesos de ira. En algunas oportunidades me venía un impulso de botarla violentamente al suelo, para después arrepentirme profundamente. Por eso partimos hacia taller de reparaciones. Confieso que lloré al entregar a otras manos mi Rueditta, mi más preciada posesión, mezcla de celos y de temor. Después de dos días bajo la égida del dueño del taller todo funcionaba como debía ser, había vuelto a ser ella. Sin embargo, al otro día de recibida con mi corazón pletórico de gozo, no quiso rodar por el camino que debía seguir uniendo nuestras vidas. Mi mente, calenturienta, ya no se detenía a buscar una causa, sino que trataba de forzarla, apelando a todo mi repertorio de conocimientos y acciones. Hasta sin darme cuenta, en un momento le supliqué. Pero no rodaba ni un centímetro. Sus inquietantes aros reían despectivamente de mí.

    Su empecinamiento me recordaba la actitud de mi primera mujer.

    La gente veía el espectáculo y reía. Opté por cargarla en mi hombro, lo que me hacía caminar dificultosamente y magullar la piel de mi clavícula.

    -Permítame ayudarle, me dijo un atento desconocido…, si usted pone la cadena así…, y repitió exactamente mi técnica mientras yo hervía de furia, -no tendrá más que pedalear para ir donde quiera, he hizo una demostración. -Hágalo usted, me dijo.

    Los colores se subieron a mi rostro y estuve a punto de golpearlo por su exceso de confianza al haber montado a Rueditta. Con mucho temor al ridículo hice lo que me decía, y Rueditta se deslizó grácilmente por el pavimento, pero apenas me perdí de vista del intruso, al doblar en una esquina, se detuvo y no hubo caso de moverla. Creí ver que desde el conjunto de su marco, o cuadro como denominan algunos, se desprendía una sonrisa malévola. Me sentí despechado y tuve un impulso de arrojarla contra un camión que venía en sentido contrario al mío, pero inmediatamente me contuve, avergonzado. Nuevamente la llevé sobre mi hombro sin poder dejar de sentir una inmensa ternura al contacto con su corporeidad. Caminé algunos metros y otro buen samaritano me enseñó que podía poner la bicicleta sobre sus dos ruedas y llevarla empujando suavemente, como me demostró. Ella rodaba vaporosamente, pero nuevamente, apenas hube desaparecido de la vista del entrometido, se clavó en el suelo y no tuve otra opción que seguir transportándola sobre mi hombro, entre el estupor y la risa de la gente que me enfrentaba. Nadie podía siquiera intuir el sufrimiento moral que estaba sufriendo a manos de una insensible y casquivana creación del ingenio humano, pero mi cariño hacia ella inexplicablemente no aminoraba.

    Con vergüenza recuerdo aquella vez en que estúpidamente no pude contener mis lágrimas y lloré delante de Rueditta, por no sentirme correspondido, por mi orgullo pisoteado, por el deseo inmenso de sentir que su voz, su cuerpo y su alma se entregaran nuevamente a mí. Me doy cuenta que cometí el peor error de mi vida. No se podía confiar en ella, al demostrar mi debilidad optó por abusar de mí por el resto de mi vida.

    Elegí no salir otra vez con Rueditta hasta encontrar una solución para lo que estaba sucediendo. Consulté por Internet y acudí al Doctor de las Bicicletas, pero éste no era más que un reparador, y eso ya no había resultado para nosotros. Seguí buscando por Internet -y continué encontrando decepciones- hasta dar con un verdadero Médico de Bicicletas. Acudí a la cita llevándola a ella a bordo del furgón de mi tío. El Médico me interrogó profusamente sobre nuestra relación y después de cada una de mis respuestas la miraba a ella buscando su aprobación o negación. Después de un par de sesiones, el Médico me comunicó su diagnóstico.

    -Sin ningún temor a equivocarme, llego a la conclusión que Rueditta tiene una DTPT…,

    -Pero ¿qué es eso?, pregunté sin entender.

    -Una DTPT es una Deficiencia Transaccional Post Traumática que se ha materializado en una Disfunción Orgásm…, -perdón Orgánica, corrigió -proyectada negativamente en la persona de usted.

    -Estoy seguro que ella fue obligada, prematuramente a recorrer, de una vez, una cantidad imprudente de kilómetros, es decir no hubo un período de iniciación, unos kilómetros hoy, otro tanto mañana… y así sucesivamente hasta que estuviera en condiciones de absorber un recorrido largo.

    -Pero cuando nos conocimos Rueditta era cero kilómetros y, dadas las circunstancias particulares que afrontaba en ese tiempo, sólo recorríamos un par de kilómetros diarios, como máximo.

    -Sí, pero este desatino pudo haber sido cometido antes de usted conocerla y haberse camuflado el hecho por parte del vendedor.

    -Bueno, y ¿qué se supone que debo hacer?

    -Yo le recomiendo aplicar sicología del Gestalt. Hablar mucho con ella, actuar con empatía, tener paciencia, buscar otra actividad que puedan realizar en conjunto y establecer una nueva relación que los satisfaga a ambos.

    -¿Y cuánto tiempo llevará eso?

    -En algunos casos… toda la vida.

    -Pero hasta hace un par de meses atrás nunca tuve ningún problema con Rueditta, todo lo contrario, éramos una pareja perfecta, envidia de todos quienes nos conocían.

    -Así es la vida, me retrucó el Médico, filosóficamente.

    Sinceramente no logré hablar con ella sobre el tema, lo intenté, pero no pude. Me sentaba en frente de Rueditta, buscaba su mirada con el firme propósito de iniciar una saludable conversación, pero sólo quedaba en el acto de aclarar mi garganta, -ejem… ejem…- y no lograba continuar, no conseguía comenzar un diálogo, no sabía por dónde empezar. Bueno…, Rueditta, a decir verdad, tampoco aportaba con lo suyo y era evidente, por su actitud, que no deseaba establecer un sinceramiento conmigo y eludía mi mirada en su mirar.

    No pude encontrar nuevamente al Médico, ya no existía su consultorio. Me dije que la situación con Rueditta era un atentado a la razón, un despropósito, una situación inconsulta e inopinada que no podía perpetuarse. Me acuerdo de ese triste día, en que más necesitaba de ella. Traté de conducirla al ascensor, pero se negó violentamente, y en un arrebato de ira sentí el impulso de lanzarla por la ventana de la terraza (yo vivo en un piso veinticinco), pero en mi imaginario escuché el feroz golpe contra el suelo y vi el amasijo metálico producto del impacto, y esto me hizo reflexionar, afortunadamente, acerca de quién era yo para juzgar la conducta de Rueditta y qué derecho me asistía para cometer un crimen tan vil y horrendo.

    Al otro día, cargándola siempre al hombro y deseando que esta vez cambiara su actitud, la dejé a la salida de mi edificio y me devolví a buscar mi gorro caído en la Conserjería. En mi mente giraba la idea que esa era la última oportunidad que le daría para restablecer nuestro vínculo. Cuando salí del edificio, después de unos pocos segundos, ella no estaba. Se fue por sus propias ruedas o alguien se la llevó. Mi corazón tapó el conducto de aire que pasa por mi faringe, un extraño fluido obnubiló mi vista –no podían ser lágrimas, un hombre no debe llorar- y sentí el impulso de correr desesperadamente tras de ella, pero comprendí que no debía hacerlo, que ella lo había querido así y que eso, tal vez, era lo mejor para nosotros dos, y lloré desconsoladamente. ¡A la cresta que no fuera de hombres!

    Una o dos semanas después, creo que la vi nuevamente -en realidad estoy seguro de haberla visto- desplazándose grácilmente por las calles de Recoleta en manos y pies de otro, con una expresión de felicidad inmensa en su ros…? Sinceramente me alegré por ella.

    Tiempo después, compré una nueva bicicleta y, con primoroso cuidado -como una vez lo indicara el Médico- la induje a cumplir la misión que daba sentido a su existencia propiamente tal, pero un mal día, cuando se quedó pegada al piso sin motivo alguno, la abandoné ahí mismo y seguí mi vida caminando hasta el paradero de locomoción colectiva más próximo.”

    Fin

  7. Lightray | sábado 25 septiembre 2010 at 13:20 | Permalink

    ¿Los parrafos y textos son tuyos? Oooops (rubor en mis mejillas), yo pensé que el autor era otra persona y que los habías encontrado por Internet o algo así.

  8. Álex Hernández | sábado 25 septiembre 2010 at 13:26 | Permalink

    ¡Ningún rubor! Gastón está recibiendo un feedback estupendo, no se puede quejar ;-)

  9. Gastón Maillard | sábado 25 septiembre 2010 at 17:01 | Permalink

    Gracias amigos, los cuentos son de mi factoría y todo lo que ustedes me señalan sirven para pulir mi ortografía, gramática y estilo. Quiero recopilar toda esta creación mía -tengo muchos otros cuentos- y ojalá poder editar un libro y ganarme unos pocos pesos que ayuden a mi subsistencia. No me interesa el Premio Nobel.

    Gracias amigos, nuevamente.

  10. Gastón Maillard | sábado 25 septiembre 2010 at 20:23 | Permalink

    ¿y les gustó?, ¿se rieron o no?, ¿qué les pareció?

  11. Álex Hernández | domingo 26 septiembre 2010 at 15:04 | Permalink

    Yo no he tenido tiempo de leerlos, pero si ya has recibido varias opiniones y todas iban en la misma dirección, seguramente hay alguna lección que aprender ahí…

  12. Gastón Maillard | lunes 27 septiembre 2010 at 03:31 | Permalink

    Me queda claro que debo ser más prolijo en gramática, en eso ya estoy.

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